La justicia por obras contra el don de la justicia (Lucas 18:9–14)

Lucas 18:9–14 (LBLA)

9 Refirió también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos, y despreciaban a los demás:
10 Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo y el otro recaudador de impuestos.
11 El fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos.
12 “Yo ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano.”
13 Pero el recaudador de impuestos, de pie y a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “Dios, ten piedad de mí, pecador.”
14 Os digo que éste descendió a su casa justificado pero aquél no; porque todo el que se ensalza será humillado, pero el que se humilla será ensalzado.

¿Podemos ser justos?

Dios se hace hombre, el Señor Jesucristo, y durante su vida en la tierra, Jesús dijo e hizo muchas cosas. Como estamos descubriendo en Lucas, a menudo decía parábolas, que son pequeñas historias que encierran grandes verdades y generalmente contestan una inquietud. Hoy, Jesús nos enseñará una parábola que seguramente desorientó a los primeros que la oyeron. Dice que un hombre que parecía ser santo, un líder religioso, un fariseo, va al lugar santo, al templo, a hacer una cosa santa, es decir, a orar, y que al hacer eso hacía algo muy impío. Es algo muy perplejo.

Lo encontramos en Lucas 18:9–14. Mientras buscan ese sitio en sus biblias o en su aplicación, hay una pregunta que pretende contestar con la parábola. ¿Podemos ser justos? Esa es la pregunta. Jesús usará la palabra, «justos». Y cuando se trata de ser justo y de la justicia, esas cosas son casualmente atributos de Dios. La Biblia dice muchas veces que Dios es justo. Eso significa que es santo, que es bueno, que es recto, que no tiene pecado. Si nos lo imaginamos como si fuera una metáfora legal, Dios es el que gobierna de manera justa, honrosa, noble, fiel y verdadera.

La Biblia dice que fuimos creados originalmente como hombre y mujer, a imagen y semejanza de Dios. Por eso dice en Génesis 1:31 que Dios nos había creado buenos en gran manera. Por eso en Eclesiastés 7:29 Dios declara que nos hizo rectos, que nos hizo justos. Pero mediante el pecado todos somos impíos. Por eso dice la Biblia que no hay ni un justo, ni una sola persona es justa.

Eso conduce a un grave problema. Dios es justo y nosotros somos impíos. ¿Dios cómo nos puede declarar justos? ¿Cómo remediamos el problema del pecado? Cuando Dios nos declara justos una la palabra teológica «justificar». Significa que Dios declara justo a un pecador impío. Esa es la justificación. Jesús utiliza esas palabras en esta parábola. Hablará del pecado; hablará de la justicia, y hablará de un hombre que fue justificado, aunque era pecador, que fue declarado justo a los ojos de Dios.

Opción no. 1 – La justicia por obras

Hay dos maneras en que el corazón humano y la vida buscan la justicia. Anhelar la justicia no tiene nada de malo. Solo que hay que buscarla correctamente. En esta historia, Jesús nos presentará a dos hombres. Uno busca lo que llamaremos la justicia por obras, y el otro hombre recibe el don de la justicia. Todas las personas en la historia del mundo están en una de estas dos categorías: buscan la justicia por obras, o reciben el don de la justicia. Así que al desglosar la historia debemos hacernos la pregunta: ¿Con cuál de los dos hombres me identifico más? ¿A quién me parezco más? Estoy buscando la justicia por mis propias obras, o estoy recibiendo el don de la justicia de Dios? Además, Dios estará en contra de lo uno, y a favor de lo otro.

Así que empezaremos con la primera opción, la justicia por obras, en Lucas 18:9–12. «Refirió también esta parábola a unos que confiaban en sí mismos como justos». Ahí está nuestra palabra, «y despreciaban a los demás». Entonces así reza la historia: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo y el otro era recaudador de impuestos. El fariseo puesto en pie, oraba para sí de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos. Yo ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano…».

Todo lo que hace este hombre se basa en ganarse la justicia por sus buenas obras. Quiere ser declarado justo a los ojos de Dios, y trata de vivir de tal manera que anticipa y espera, aunque equivocadamente, ser admirado por Dios y ser bendecido por Él. Hay varias maneras de buscar la justicia por medio de las obras. No todas son formas religiosas. Uno no tiene que ser religioso necesariamente para buscar la justicia por medio de las obras.

Les daré unos ejemplos de algunas formas que la gente suele usar para buscar la justicia por las obras. Algunos suponen: «Para qué necesito esforzarme más si ya soy una buena persona. Estoy seguro que al final, al presentarme delante de Dios, al juzgarme pensará que soy una buena persona. Dirá: “Me agradas. No eres tan bueno como algunos, ni eres tan malo como la mayoría. Tienes esa ventaja. Reúnes los requisitos de entrada”».

Algunos de Uds. se sienten así. No tienen un sentido de urgencia que dice: «Necesito esforzarme más y hacer mejor las cosas para agradar a Dios». Oiga, «No soy tan malo como creía». No he hecho nada demasiado catastrófico. Estoy seguro que a fin de cuentas, Dios me aceptará».

Algunos de Uds. también supondrán equivocadamente que porque han sufrido en esta vida, no podrán sufrir en la venidera. Físicamente, emocionalmente, espiritualmente, económicamente, su vida ha sido difícil, tal vez por la negligencia de alguien, o algún pecado que cometieron contra Ud., y piensa, «Cuando muera, tal vez Dios me deba algo. No puede juzgarme y mandarme al infierno. Mi vida en la tierra ya ha sido un poco infernal. He sufrido lo suficiente. Ya no tengo que hacer nada más. Estoy seguro que soy una buena persona a los ojos de Dios y que Él me favorecerá al final».

También están los que siempre andan defendiendo una causa. Los que dicen: «Soy una buena persona porque hago tal cosa». Y tal cosa puede ser lo que ellos quieran. Ni siquiera tienen que ser religiosos para hacerlo. «Soy mejor que Ud. porque tomo el bus. Porque manejo un carro híbrido. Porque monto en bicicleta. Porque trabajo en una huerta local de arvejas. Porque hago reciclaje. Uso toda mi agua de lluvia. Tengo una baja huella de carbono. Solo le doy a mi mascota galletas orgánicas. Soy una buena persona porque hice una lista de lo que hace la gente buena, y cumplo con las reglas que yo mismo pongo en la lista. No leo siempre la Palabra de Dios, pero me porto un poco como Dios y hago una pequeña lista de lo que debo y no debo hacer, y me doy una buena calificación por hacer las cosas bien». ¿Cierto?

Es lo que algunos hacemos. «Soy mejor que la mayoría de las personas porque hago tal cosa». Entonces asumimos un alto sentido de la moral y juzgamos a todos. «¿Ud. hace lo que yo hago? ¿No? Pues debería hacerlo. Haré que se sienta muy avergonzado, y soy mejor que Ud., le enseñaré por qué». La gente se vuelve tan adicta a sus pequeñas causas.

A veces las causas no son malas. A veces son extrañas. ¿Cuál es la más extraña que conozco? Gracias por preguntar. Les diré cuál es. La vi hace poco en una pegatina que decía: «Salven a los lobos». Los lobos. ¿Acaso no han leído Caperucita Roja? Necesitamos que nos salven de los lobos. Sabemos que se le han agotado las causas por las que quiere que lo identifiquen como una persona justa cuando la única causa que le queda es, «Salven a los lobos». Sin duda alguno de Uds. es miembro de esa organización. Me mandará todos los e-mails con todas las razones por las que debo unirme a «Salven a los lobos» y pedir perdón en público por criticar a «Salven a los lobos». Lo que les estoy diciendo es: son unos santurrones. Dios hizo los lobos y los ama, y nosotros también los amamos, pero a fin de cuentas, nadie es más santo que el otro por la causa que escojan. Dios no le dirá a nadie delante de su presencia, «¿Por qué debo declararte justificado y justo a mis ojos?». No será suficiente decir: «Estaba a favor de los lobos». Es un tema completamente distinto.

Esto también repercute en lo que llamamos la autoestima. A veces la justicia por obras se manifiesta en la autoestima. Desde pequeños le enseñan a uno a tener una muy alta autoestima. Por eso nos tenemos en tan alta estima. Pensamos: «Pues claro que Dios me ama. Vean cómo soy. Claro que Dios me admira. Soy una persona admirable». Tenemos una autoestima muy alta, aunque a veces manifestamos una moralidad muy baja.

¿A cuántos de Uds. les gusta Leo Tolstoi? ¿Les gustan sus obras? Es un buen autor que hizo la siguiente declaración: Es un ejemplo de justicia por obras y de la autoestima. Dice: «Jamás he conocido uno hombre que fuera tan moralmente bueno como yo». Oren por su esposa. Mejor dicho, qué relajo.

Algunos al oír eso nos reímos y decimos, «No puedo creer que se crea mejor que todos los demás». Muchos pensamos así, pero no lo escribimos para que todos lo lean. ¿Cierto? Pensamos así. Pensamos: «Soy mejor que la mayoría de las personas». ¿Piensan de los compañeros de trabajo, «Son unos estúpidos. Todos son estúpidos. Menos mal que me tienen a mí? ¿Cierto?

¿Qué tal cuando van manejando en tráfico? Van en su carro y no han puesto en el parachoques la pegatina «No conozco a nadie tan fantástico como yo». No es algo que pondríamos en Twitter. Pero cuando vamos manejando el carro en tráfico, pensamos, «Soy la única persona inteligente que va manejando. Soy el único».

Y lo que pasa es que nos consideramos moralmente superiores a otros. Nos creemos mejor que los demás. Algunos simplemente lo decimos. Algunos simplemente decimos… algunos de ustedes lo han dicho, Alguien lo mira y le dice, ¿Conque se cree mejor que yo? Y Ud. piensa, «¿Sí?, no me diga». Algunos de ustedes lo acaban de decir y los demás no lo diríamos, pero lo pensamos y lo creemos.

Quizás la peor forma de justicia por obras, la más vil y las más común es la justicia por obras que vemos en la religión. En el cristianismo, el judaísmo, es islam, el budismo, el hinduismo, cualquier religión a la que pertenezca, testigos de Jehová, mormonismo, o lo que sea. Es una tendencia, una disposición de ver a Dios como un Juez y a nosotros como actores que tratamos de causarle una buena impresión con nuestra actuación religiosa.

Está la justicia verídica, donde nos creemos mejores que los demás porque leemos los mejores libros, hemos aprendido versículos de memoria, podemos contestar las preguntas. Podría ser una justicia moralista. «Soy mejor que los demás porque no hago las cosas mal, hago las cosas bien. Podría ser una justicia ministerial. «Claro que soy mejor que los demás. Vean todas las cosas que hago para el Señor. He hecho tanto». Podría ser dar o servir. Y no es que estas cosas sean malas, pero no hacen que el Dios de la Biblia nos considere aceptos y justos a sus ojos.

Ese es el tema de esta historia. Era un hombre muy religioso y devoto. Buscaba la justicia por obras. Nos dice que era fariseo. Era una secta muy devota y estricta en aquellos días. Hoy sería como un predicador, un pastor, un anciano, un diácono, un teólogo, un orador cristiano sobresaliente, un líder, un autor. Es muy devoto, muy serio, muy consagrado. Todos lo admiraban y lo respetaban. Y Jesús dice, «A Dios no le agrada este hombre». Es algo desconcertante.

Algunos de nosotros diríamos eso: «Uy, vean lo fervientes que son. Esa gente va de puerta en puerta. Tres veces al día oran hacia el este. Llevan una alfombra para orar improvisadamente. Se montan en un vuelo y van a un lugar sagrado. No comen cerdo. No comen, ni toman ciertas cosas. Vean lo devotos que son. Yo nunca podría tener tanta autodisciplina. Me han impresionado tanto».

La justicia por obras es maldad

Y como solemos impresionarnos falsamente con esa gente, Jesús nos presenta uno como el villano y no el héroe. Porque la justicia por obras no es justicia, es maldad. La justicia por obras el maldad. Ahora, en la historia encontramos ocho razones por las que la justicia por obras es mala.

Primero, está centrada en el hombre, no en Dios. En la historia el tipo hace esta oración: «Querido Dios», o sea solo dice Dios una vez, de resto, yo, yo, yo yo, yo. Dice «yo» cinco veces en una sola oración. «Dios, yo, yo, yo, yo, yo soy fantástico. A la orden». Básicamente esa fue su oración. Eso no es orar. Es presumir. Eso es todo. En nuestros días tenemos hasta teólogos que dicen enseñar la Biblia, que dicen que uno no existe para obedecer y glorificar a Dios. Que Dios existe para obedecernos y glorificarnos para que alcancemos nuestro máximo potencial y tengamos todo lo posible. Dios existe para hacer que uno tenga éxito en la vida. Eso no es cierto. Existimos para Dios, Dios no existe para nosotros. Al centro de la historia humana no está el hombre, sino el Dios Creador de la Biblia. Este hombre considera que está al centro de su propia vida y que Dios existe para admirarnos.

Segundo, la justicia por obras nos compara con otras personas, no con Jesucristo. En esta historia, el hombre dice: «Gracias Dios porque no soy como los malos y los adúlteros, y gracias porque no soy como otros hombres, y gracias porque no soy como este recaudador de impuestos». Se está comparando con los demás. Y los que somos propensos a la justicia por obras, permítanme decirles amigos, todos somos propensos. Esta lección no la vamos a aprender en un solo día, es una lección que aprendemos todos los días, porque nuestra tendencia es siempre hacia la justicia por obras. Nos comparamos con los demás. «Oh, son horribles, son horribles, soy mejor que ellos, más inteligente que ellos». Amigos, deberíamos compararnos con el Señor Jesucristo. Al hacerlo nos damos cuenta que no somos justos. Nos damos cuenta que no somos buenos.

Tercero, en la justicia por obras nuestro desempeño determina nuestra valía. Es exactamente lo que dice este hombre. «Ayuno dos veces por semana», lo cual según el Antiguo Pacto era gran cosa porque solo requerían un ayuno al año. Así que dos veces por semana es gran cosa. Muchos de Uds. no saben lo que es el ayuno. Piensan, «Me gusta el desayuno, ¿qué gracia tiene eso? No el desayuno es diferente al ayuno, es diferente. El ayuno es cuando uno no come. Alguien dirá: «Yo no comí». Eso fue porque estaba trabajando y no almorzó, pero después ceno dos veces; eso no es ayunar. Ayunar es cuando uno no come todo el día en devoción a Dios para disciplinarse porque ser discípulo significa ser disciplinado. Esa es la intención fundamental del ayuno, entre otras cosas.

Dice que dos veces por semana no come nada. ¿A cuántos les impresiona esto? ¿A cuántos les impresiona esto? ¿No comen dos veces por semana? «Sí, cada martes y jueves no como nada en lo absoluto y me paso todo el día orando». «Vaya, qué maravilla. Yo no podría hacerlo. No podría hacer eso. Qué locura. Yo ayuno una vez al año y eso es todo».

Y dice: «Doy la décima parte de todo lo que tengo, todo el dinero que ofrenda sale del ingreso bruto, no del neto: el 10% a Dios, el 10% a Dios, el 10% a Dios. En el primer cheque que extiende escribe: «Cada mes doy dinero a Dios». Su desempeño determina su valía, no dice: «Dios me hizo, Dios me salva, Dios me ama, Dios me adopta». Nada de eso, no dice nada relacionado con Dios. En esta forma de pensar, de la justicia por obras, Dios simplemente lleva la cuenta de lo fabulosa que es mi vida.

Cuarto, se enfoca en lo externo y por consiguiente hace caso omiso de lo interno. Jesús dice literalmente, «Confiaron en sí mismos». Amigos, todos tenemos fe. La diferencia es el objeto de nuestra fe. Les estoy pidiendo que confíen en Jesús, y si no lo hacen, están confiando en sí mismos. Así que no confían en Dios que es una entidad externa a ellos, confían en sí mismos internamente. Confían en sus instintos, en sus propias opiniones, en sus perspectivas, en su punto de vista, en sus tendencias, sus inclinaciones. Como resultado, la única autoridad que ven es ellos mismos. Entonces se colocan en la posición de Dios. «Conozco mi corazón, mi vida, mis necesidades; doy el fallo, y me declaro justo». No hay nada externo. ¿Dios existe? ¿Rendiré cuentas a Él? ¿Cuál será su fallo de mi vida?

Además, quinto, la justicia por obras es maldad porque Dios no es nuestro juez, la gente está, en este falso sistema. Por eso ora en público. Quiere que todo el mundo lo oiga. Quiere que todos lo sepan. «Dios, gracias porque no miento. Gracias porque no robo. Gracias porque no cometo adulterio. Gracias porque soy mejor que que los demás». Quiere que todos lo oigan. Quiere que la multitud lo reconozca: «Sí, eres moralmente superior. Sí, eres fantástico. Sí, estamos impresionados contigo».

Sexto, conduce a la vanidad. Inevitablemente conduce al orgullo. Algunos de Uds. no lo saben, pero el orgullo es pecado. Pueden llamarlo autoestima si quieren, pero sigue siendo orgullo. Es el pecado por el cual Satanás fue expulsado del cielo. Agustín, padre de la iglesia dijo que el orgullo es como una madre embarazada con todos los pecados. Todo pecado viene del orgullo. El primer pecado fue querer ser como Dios. Ese es el orgullo. Así es el orgullo.

¿Dirían que este hombre es orgulloso? Leemos en esta historia que se acerca a la presencia de Dios. Siente que puede venir delante de Dios. Levanta la cabeza, no inclina el rostro. Levanta su voz, no es humilde. Ora en voz alta, «Dios, yo, yo, yo, yo, yo». Tiene un orgullo inmenso.

Repito, amigos, pongámonos en la historia. ¿A quién nos parecemos? Yo soy como este tipo. Yo soy como este tipo. No sé como será con Uds., pero cuando aun cuando venzo un pecado me lleno de orgullo por haber vencido mi pecado y lo único que logro es pecar de otra manera. Qué maravilla es su pastor, ¿no? ¿Cuántos de Uds. han hecho eso? Dicen, «Antes fumaba, pero dejé de fumar. Ahora desprecio a la gente que fuma porque son unos estúpidos y soy mejor que ellos. Un momento, el orgullo es peor que fumar… d’oh». Como diría el gran filósofo Homer Simpson, d’oh, ¿cierto? Ud. dirá: «Hombre», pero lo hacemos, ¿no es cierto? Lo hacemos cuando tratamos de ser justos por nuestra obras. Nos llenamos de orgullo.

Séptimo, crea desprecio en vez de compasión por la gente. Jesús dice eso exactamente. Confiaban en ellos mismos, despreciaban a otras personas, y usa la palabra «despreciar», despreciaban a los demás. ¿A quiénes desprecian Uds.? Todos lo hacemos. «Oh, son estúpidos, perezosos, no merecen nada. Son ridículos. Son fastidiosos. El desprecio. La justicia por obras resulta en el desprecio. ¿No tiene compasión por el recaudador de impuestos, cierto?

Si entendiera el evangelio, las buenas nuevas de Jesús, no vería al recaudador de impuestos con desprecio sino con compasión. Iría a él y le diría: «Nunca te había visto antes. ¿Qué haces aquí?». «Pues, soy recaudador de impuestos, soy un ladrón, le robo a la gente. Dios me ha mostrado cómo soy realmente y me siento avergonzado de estar aquí, pero parece que las cosas van bien, estoy ganando mucho dinero. Tengo una casa grande, tengo un buen trabajo, pero me remuerde la conciencia. No puedo seguir sintiéndome orgulloso del hombre que soy. Por eso he venido a ver qué quiere Dios de mí. Las cosas tienen que cambiar». «¿En serio? Yo también estoy aquí por eso». «¿Por eso está aquí? Pero usted es una persona religiosa». «Sí, ese es mi problema. Mi pecado es la religión. Soy orgulloso, me creo moralmente superior a los demás; soy arrogante y sentencioso. Hermano, ¿qué tal si oro por Ud. y Ud. ora por mí? Podríamos ayudarnos mutuamente y responder ante ellos por nuestros problemas porque ambos somos pecadores y necesitamos la gracia de Dios. Entiendo lo que está viviendo, yo estoy viviendo lo mismo pero con otros asuntos». Resultaría en una actitud de humildad y compasión, ¿no es cierto?

Pero no, dice: «Dios, gracias porque no soy como aquel, o este, o el otro, y especialmente aquel otro, amén». El desprecio. ¿A quién desprecian Uds.? No es si desprecian a alguien, sino ¿a quién desprecian? ¿A quién? ¿A quién desprecian? Permitan que el Espíritu Santo les muestre eso y les revele lo que de veras hay en sus corazones. No sé quién pueda ser, quizás un individuo. cierto tipo de persona, una categoría de personas, quizás sea la figura del cuerpo, una raza, un género, una clase socioeconómica particular, un estilo de vida que hayan escogido, no sé qué lo que pueda ser para Uds., pero el Espíritu Santo les traerá alguna persona o un grupo de personas y les dirá: «Los desprecian, no son compasivos con ellos. No entienden el evangelio».

Al final, octavo, ofende a Dios. Ese es el punto principal de la historia, que esta clase de comportamiento ofende a Dios, ¿cierto? En esos días, el templo fue destruido en el año 70 d. C. y dentro del templo estaba el lugar santísimo, la presencia de Dios el Espíritu Santo en la tierra. Este hombre en la historia, se acerca a la presencia de Dios y en vez de clamar a Dios pidiendo perdón, se jacta de su propia justicia, de su justicia por obras y de su desempeño.

Amigos, necesitan saber esto, la justicia por obras ya sea en su forma secular o religiosa es no obstante una abominación al Dios de la Biblia. Cuando nos acercamos a Dios, amigos, debemos venir con las manos vacías a recibir un don y no con nuestra justicia por obras como si Dios estuviera impresionado.

Para recalcarnos esto, la Biblia usa dos imágenes o metáforas que nos deberían avergonzar. Una está en el Antiguo Testamento, y la otra en el Nuevo. Las he compartido con Uds. antes, y volveré a compartirlas hoy. No es para aterrarlos, sino para mostrarles la postura de Dios cuando le traemos nuestra justicia por obras como una ofrenda. El primero se encuentra en Isaías 64:6, lo he citado antes. Dice que nuestras buenas obras son como trapos de inmundicia. La otra está en Filipenses 3:8 donde Pablo dice que nuestra justicia por obras es como una humeante pila de excremento.

¿Para cuántos de Uds. esto sería una rara fiesta de cumpleaños? Su amigo viene con una caja y le dice, «Tengo algo para ti que yo mismo hice. Nadie más te dará lo que yo te voy a dar». Le quita la tapa y ve uno de esos regalos, o tal vez ambos regalos. «Oh, claro que tú mismo lo hiciste. Fue hecho a mano». No, diría, «Eso no es un regalo. Da asco ver eso. No lo recibo como un tesoro. Tiene un olor apestoso». Dios dice, «Eso es lo que la justicia por obras es para mí».

La gente religiosa, de sombrero, que visten trajes, de comité, predicadores con sotana, todo eso se ve muy oficial, todos pueden reunirse a votar y a declarar: «Declaramos que esta ofrenda es muy buena y que le va agradar al Dios de la Biblia», la ponen en una caja con un listón encima, y Dios dice: «Cuando le quite la tapa, quiero que sepan que eso no es un regalo para mí. Eso me ofende y me da asco. Me ofende y me da asco». Así es nuestra justicia por obras para un Dios santo y justo.

Por lo tanto hay dos opciones para buscar la justicia: la justicia por obras, la cual condena Jesús rotundamente. Dice que cuando este hombre sale del templo, no saje justificado a los ojos de Dios. Dios no lo declara justo. Dios dice que es malo.

Opción no. 2 – El don de la justicia

La segunda opción es lo que hace el segundo hombre, el recaudador de impuestos. La segunda opción es el don de la justicia. Si no es la justicia por obras, la única alternativa que queda es el don de la justicia. En Lucas 18:13–14 dice: «Pero el recaudador de impuestos, de pie y a cierta distancia…», ni siquiera se acercaba, «no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho…». Es como estar de duelo en un entierro. «Diciendo: “Dios, ten piedad de mí, pecador”. Os digo que este descendió a su casa justificado pero aquél no». La idea principal es esta, «Todo aquel se exalta a sí mismo» con la justicia por obras, «será humillado, pero el que se humilla» para recibir el don de la justicia, «será exaltado».

Amigos, el recaudador de impuestos en esta historia es un monstruo. Es un monstruo completo. El gobierno romano tomaba algunos del pueblo de Dios y prácticamente los esclavizaban. Contrataban personas de entre el pueblo de Dios, a sus pares, para recaudar impuestos. Eran extorsionistas, sinvergüenzas, ladrones. Hacían que la gente quedara en la quiebra, los amenazaban. Era horrible lo que hacían. Hoy en día los pondríamos en la misma categoría con los que venden drogas a los niños. Los pondríamos con los que esclavizan a la gente en el tráfico sexual, con los médicos del aborto que trabajan tiempo extra porque les encanta su trabajo; los pondríamos en la misma categoría en la que ellos ponían a los recaudadores de impuestos.

El recaudador de impuestos si entraba al templo causaba un escándalo. Este hombre era un monstruo. ¿Pero qué hace? Se queda de pie a cierta distancia, no como el de la justicia por obras, no se acerca. En vez de levantar la cabeza mirando con altivez, lo vemos cabizbajo, rostro en tierra, compungido y avergonzado, o sea, con una vergüenza sana y correcta. En vez de hablar del pecado de todo el mundo, habla de su propio pecado. Habla de su propio pecado. «Dios, soy pecador. No trataré de justificar la vida que he llevado o mi comportamiento».

Vemos que pidió una dádiva: «Dios, ten piedad de mí, pecador». Está pidiendo el don de la justicia. Y Jesús dice que este hombre acertó. Ese hombre salió de allí justificado, declarado justo a los ojos de Dios. No ayunaba dos veces por semana. No daba el 10% de todo lo que tenía. no podía contestar todas las preguntas teológicas. No había leído la Biblia de pasta a pasta. No había sido bautizado, y no hablaba en lenguas, pero recibió el don de la justicia. Fue justificado, declarado justo a los ojos de Dios.

Cómo volverse justo

Cómo volverse justo. Desglosemos algunas cosas de la historia. Primero, amigos, todo empieza cuando nos comparamos con Jesús y con la Palabra de Dios para que podamos ver nuestro pecado. A menudo gastamos demasiado tiempo y energía comparándonos unos con otros. Si vemos la Palabra de Dios y vemos al Hijo de Dios, nos damos cuenta que somos malos.

¿Cuántos de Uds. piensan que son bastante buenos hasta que aprenden cómo es Jesús? Dicen: «Vaya, no soy nada como Jesús, ténganlo por seguro». Dice cosas como amar nuestros enemigos, qué cosa tan difícil. Que seamos generosos, que ayudemos a los necesitados, que busquemos a los marginados, a los débiles, a los que sufren, que obedezcamos al Señor, que vivamos por fe. «En nada me parezco a Jesús. No soy como Jesús». Al leer la Palabra de Dios y al contemplar al Hijo de Dios, vemos lo malos que somos. Y podemos decir lo mismo que dijo este hombre correctamente, «Dios, soy un pecador. Te lo digo simple y llanamente. Soy un pecador». Por ahí es donde debemos empezar.

Después, segundo, debemos aborrecer nuestra propia justicia, no excusarla, tolerarla, ni celebrarla. El hombre de la justicia por obras es presumido, celebra su propia justicia. «Estas son todas las cosas asombrosas que hago para que los demás queden impresionados y crean que estoy más cerca de Dios». Jesús dice que lo hagamos así, sino de esta manera». El recaudador de impuestos detesta su pecado. ¿Han llegado al punto en que no solo desprecian las consecuencias de su pecado, sino que aborrecen su pecado? Solo desean cambiar. Lo que eran tiene que morir y alguien nuevo tiene que surgir.

Tercero, humildemente arrepiéntase con Dios. Él lo hace humildemente, ¿cierto? Se queda de pie a cierta distancia. No pasa al frente cerca de Dios. Está cabizbajo. No tiene el rostro erguido. Habla suavemente. No alza la voz. No habla del pecado de los demás, solo de su pecado. Jesús nos dice que los orgullosos que se exaltan a sí mismos, Dios tiene que humillarlos. Esa es la historia del hombre que procura la justicia por obras. Los humildes que se arrepienten de su pecado y vienen a Dios a su tiempo los exaltará para que sean líderes honrosos con vidas transformadas y testimonios de la gracia de Dios que obra en medio de ellos.

Cuarto, hay que recibir la gracia y tener fe en Jesucristo. Jesucristo es el que nos relata esta historia. Jesucristo atribuye la piedad a Dios. Es lo que pidió el recaudador: «Dios, ten piedad de mí». Está pidiendo: «Dios, perdona mi pecado. No me des el castigo que merezco. Por favor concédeme este favor amoroso como una obra de bondad». Así es la gracia. Lo pide con fe, confiando que Dios puede y escucha esta clase de peticiones de parte de un pecador culpable que no merece la piedad, sino que no ha hecho nada para merecerla.

Jesús, el que nos relata la historia, es el que hace posible esta misericordia. En el contexto de la historia, viene de una zona rural y va camino a la ciudad de Jerusalén. En Lucas 9:51, que es como un gozne de donde pende la historia, dice que afirmó su rostro para ir a Jerusalén. En este momento en la historia Jesús va rumbo a Jerusalén donde morirá en una cruz en nuestro lugar, por nuestros pecados, como nuestro Salvador, a pagar nuestra deuda de pecado para que Dios pudiera tener piedad de nosotros puesto que también había justicia mediante el sufrimiento.

Por lo tanto, amigos, cuando venimos a Dios y le decimos: «Soy pecador, ten misericordia de mí». La respuesta es Jesús. La gracia viene de Él y le pedimos por nuestra fe en Él que recibamos esta gran misericordia. Para que los enemigos de Dios se conviertan en amigos de Dios.

Quinto, para que reciban la justicia de Jesucristo y sean declarados justos. Él se arrepintió de su pecado, recibió el don de la piedad de Dios, y como resultado Jesús dijo: «Se fue de ahí justificado, declarado justo a los ojos de Dios». ¿Saben qué es más emocionante a que la gente diga que uno es justo? Que Dios lo diga, porque al fin y al cabo su valoración es la única que cuenta.

Lo que este hombre no hizo fue venir delante de Dios y decir: «Dios, ¿qué puedo hacer para impresionarte? «¿Donde está la lista de quehaceres para ganarme la justicia, para sacar una alta calificación mediante mi desempeño?». En cambio vino a Dios y le dijo: «Necesito que me concedas algo. Que te apiades de mí». Los invito a que hagan eso y que reciban el don de la justicia en Jesucristo. Se los explicaré con más detalle en unos momentos.

Pero algunos de Uds. preguntarán, «¿Entonces a Dios no le importan nuestras obras, ni le importa cómo vivimos, ni le importa lo que hacemos?». Claro que sí. Claro que sí.

Es para que después, sexto, puedan ser santificados por el Espíritu de Dios para que hagan sus buenas obras. Amigos, no somos salvos por nuestras buenas obras, somos salvos para andar en nuestras buenas obras. Es algo completamente diferente. Si somos salvos por obras, la pregunta es ¿las obras de quién? ¿Las nuestras, o las de Jesús? ¿Las obras de quién son las que salvan? Las obras de Jesús. Es su vida, no la nuestra. Su perfección, no la nuestra. Su obediencia, no la nuestra. Su muerte en lugar nuestro para todos los que han fallado en ser y hacer lo correcto. Por lo tanto, sí, algo fue hecho pero no lo hicimos nosotros, amigos, fue hecho por Jesús.

Son excelentes noticias. Nunca entenderíamos esto aparte de la revelación de la Biblia. Acabaríamos todos tratando la Biblia simplemente como otro documento de la salvación por obras. Una lista de cosas que hacer y cosas que no debemos hacer, con un grupo de líderes que más o menos llevan la cuenta y dan sus fallos para ponernos bien orgullosos y santurrones y vanidosos porque hicimos cosas buenas y no hicimos cosas malas. Despreciaríamos a los demás, con desdén, sin compasión, llenos de orgullo, severos, y empezaríamos a añadir reglas a las reglas de Dios, las haríamos cumplir, y así sucesivamente hasta que vamos y matamos a Dios porque no es tan justo como nosotros.

O nos damos cuenta que no somos justos. Nos damos cuenta de que Jesús es nuestra justicia. Y nos arrepentimos no solo de nuestros pecados, sino de nuestra falta de justicia. Venimos como el recaudador de impuestos. «Dios, soy pecador. Ten piedad. No me digas lo que debo hacer. Recuérdame lo que Jesús ha hecho». Y cuando Jesús dice, ¿qué? «Consumado es, toda la obra ha sido consumada», y recibimos el don.

Es un concepto teológico inmenso. Era como la línea de demarcación de la Reforma Protestante. Hasta hoy persiste el enorme debate sobre esto. Algunos estudiosos cristianos han hecho algunas cosas buenas como un hombre llamado N. T. Wright. Entraremos un poco en la teología. Ha escrito lo que llaman una nueva perspectiva sobre esta clase de asuntos. Un querido amigo mío el Dr. John Piper ha escrito un libro contra él. Muchos libros han sido publicados y se han hecho muchas conferencias y debates, sobre cómo podemos ser justos a los ojos de Dios. Es un gran concepto de mucha importancia. Es la misma pregunta que hace la Biblia en Job 9:2: «¿Cómo puede un hombre ser justo delante de Dios?». Es una pregunta súper importante. Es una de las preguntas más importantes que hacemos.

Y sin entrar en la toda complejidad y toda la teología, como soy su pastor y los amo como pastor y maestro de la Biblia, les hice un dibujo. Se los mostraré. Aquí está. Este es, ¿no es cierto? Aquí está, reducido a una sola ilustración. Bien, Uds. están a la izquierda. Son malos. Pueden decirlo. Somos malos. Levanten la mano si son malos. Bien, si no levantaron la mano son los más malos de todos, ¿de acuerdo? Lo son…y levanto ambas manos, ¿de acuerdo? Yo también soy malo. Así que Uds. son malos.

Aquí tenemos a Jesús. Él es justo. Por eso le pusimos una corona. ¡Viva Jesús! ¿De acuerdo? Ahora bien, Lucas escribió el Evangelio de Lucas y el libro de Hechos, y el otro hombre que contribuyó al escribir la mayor parte del Nuevo Testamento fue un hombre llamado Pablo. Paulo originalmente se llamaba Saulo, era un hombre muy dedicado a la justicia por obras. Habla de esto en su testimonio, por ejemplo en Filipenses 3: «Nací en la familia idónea, en tribu idónea, fui circuncidado el octavo día, estudié en los colegios idóneos, con los rabinos idóneos, saqué las mejores calificaciones en la escuela de fariseos, me gradué con las mejores posibilidades de convertirme en un mártir. Y eso es precisamente lo que soy. Mi currículum vitae es asombroso. Cuando conocí a Jesús, me di cuenta que todo eso era basura y que la justicia no es algo que se gana con las obras, es algo que Él nos da como un don».

Entonces Saulo se convierte en Pablo y después escribe la mayor parte del Nuevo Testamento. Su compañero de viajes, su amigo íntimo, su amigo entrañable y amado, creo que era su médico personal, es Lucas. De modo que aquí cuando Lucas anota el don de la justicia directamente de los labios de Jesús, Pablo lo repite una y otra vez en la enseñanza que nos da en el Nuevo Testamento. Les mostraré un pasaje que es mi versículo favorito, quizás en toda la Biblia: 2 Corintios 5:21. «Al que no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en El».

Siempre les cito este versículo porque es tan asombroso. Martín Lutero lo llamó el Gran Intercambio. Permítanme mostrarles exactamente lo que está diciendo. Aquí Pablo repite lo que dice Lucas, y ambos repiten lo que dijo Jesús. Dios hizo que Jesús, que es justo y no conoció pecado, que fuera hecho pecado por nosotros, lo hizo pecado por nosotros, para que en Él fuéramos hechos la justicia de Dios. Teológicamente esto se llama una doble imputación. Mi pecado se le imputa a Jesús. La justicia de Jesús me es imputada.

Oiga, ¿eso cómo se hace? No se hace. Es un don. Se recibe con las manos vacías. Así es como funciona. Aquí es donde el cristianismo no es simplemente otra religión. Aquí es donde el cristianismo no es una lista de cosas que hacer y cosas que no debemos hacer para que podaos ser declarados justos a los ojos de Dios. Es completamente distinto, y son excelentes noticias; me encanta enseñar esto, me entusiasma mucho y ciertamente se nos olvidará y tendré que reiterarlo otra vez.

Justificados

Bien, tal vez para resumir, y digo tal vez porque nunca estoy seguro si he acabado, pero quisiera compartir con ustedes un par de cosas sobre esto: Quiero que vean que uno no puede volverse más religioso que la justicia de Jesucristo. Su vida sin pecado, perfecta, llena del Espíritu, obediente, y bíblica de sumisión es del todo y exclusivamente perfecta, y Él felizmente nos la da. Toma todo nuestro pecado, padece y muere. Declara que toda su obra ha sido consumada. Eso es lo que Jesús hace por nosotros. Por eso le amamos tanto y por eso estamos tan entusiasmados. [Aplaude la congregación]

Así que un par de cosas al cerrar. No se trata de nosotros. Se trata completamente de Jesús. Además, Se trata de lo que Jesús hace por nosotros. De eso se trata la justificación. Es más, Dios no está impresionado con nosotros. Dios no está impresionado con nosotros, pero nos ama. Lo cual es mucho mejor. Porque si Dios está impresionado con nosotros, tendríamos que seguirnos reformando, pero si nos ama, es un amor incondicional.

Es más, no tenemos justicia propia. Cualquier cosa que pongamos en la casilla de la justicia no es maravillosa. Es espantosa. No tenemos justicia propia, pero Jesús felizmente nos da la suya. ¿Cierto? Para que cuando estemos delante de Dios Padre en el Juicio Final, no podamos decir: «Aquí está mi currículum vitae con todas las cosas buenas que hice». Miramos a Jesús y decimos: «Vengo con Él. Vengo con Él. Él tiene una gran reservación. Vengo con Él».

Además, en lo que respecta a lo que nos motiva a cambiar, no cambiamos para que Dios nos bendiga. No cambiamos para que Dios nos ame. No cambiamos para que Dios nos acepte. Al contrario, cambiamos porque en Jesucristo Dios nos ha bendecido. En Jesucristo Dios nos ha amado. En Jesucristo Dios nos ha aceptado. El cristianismo no consiste en lo que tenemos que hacer, sino en lo que tenemos el privilegio de hacer. Por la presencia del Espíritu Santo en nosotros a fin de cuentas es lo que queremos hacer. Queremos seguir a Jesús, queremos ser como Jesús, no para que Dios nos ame, sino porque ya nos ama en Cristo. La motivación, el incentivo es completamente distinto. Conduce al gozo y no a la carga del deber. Es un montón de cosas que tenemos el privilegio y honor de hacer. Esa es la vida cristiana.

Además, no cambiamos para que la gente nos alabe y se impresionen con nosotros. «Eres asombroso. Eres fantástico». «Sí, lo sé. A la orden». No, al contrario, cambiamos para que la gente se impresione con la obra de Dios el Espíritu Santo que mora en nosotros. Ustedes están cambiando. Dios de veras los está transformando. Qué alegría ver la obra del Espíritu Santo en sus vidas. No es negar diciendo que nada ha sucedido, que nada ha cambiado». No, no, esa es una falsa humildad. Deberíamos gloriarnos en el Señor. «Sí, Dios está obrando en mí. Dios me está compungiendo. Dios me está cambiando. Sé que no ha acabado conmigo, pero es asombroso lo que ha logrado hacer a pesar de mí». Entonces cambiamos no para impresionar a la gente, sino para que se impresionen con Dios quien nos cambia. Además, no cambiamos para sentirnos mejor. Cambiamos porque queremos glorificar a Dios, porque queremos glorificar a Dios.

Es más, tal vez cierre con esto. No salgan de aquí diciendo, «Gracias Señor porque no soy como el hombre religioso». ¿Oyeron eso? Si lo hacen se convierten precisamente en el hombre religioso. Así que tenemos que tener cuidado aun cuando criticamos a la gente religiosa reconociendo que somos personas religiosas. Por lo tanto, en vez de decir: «Gracias Señor porque no soy como el hombre religioso», tenemos que decir, «Dios, gracias por mostrarme de qué manera soy como el hombre religioso. Gracias por compungirme de ese pecado para que yo también pueda arrepentirme de mi propia justicia, y para que por tu gracia salga de aquí declarado justo, justificado ante tus ojos».

Estas son las buenas nuevas. Les tengo buenas nuevas a todos Uds. Pueden entrar aquí siendo malos, sin haber sido justificados a los ojos de Dios por el pecado que han cometido, por las cosas que los avergüenzan, que los tienen esclavizados, controlados, en las que están sumidos, y que los tienen endemoniados. O algunos de Uds. pueden entrar aquí siendo malos, orgullosos, altaneros, orgullosos de haber logrado más que otros, bonachones, seguidores de causas, engreídos, santurrones y soberbios como el diablo. Uds. también son malos. Entramos aquí todos con alguna clase de maldad que nos caracteriza. Pero las buenas noticias son estas: Como el hombre que se fue del templo, y Jesús dijo: «En verdad les digo que ese hombre fue declarado justo, justificado ante los ojos de Dios», Uds. también pueden salir de aquí justificados, declarados justos a los ojos de Dios por medio de la fe y la justicia que vienen de Jesucristo. Absolutamente.

No hay nadie aquí a quien Dios rechazaría si lo buscaran. No confíen en ustedes mismos como este hombre con su justicia por obras. Confíen en el Señor como el hombre arrepentido el humilde pecador que recibió el don de la justicia. Confiesen sus pecados a Jesús. Reciban la Justicia de Dios en Cristo. Y después celebren gozosos. ¡Qué buenas noticias que el Dios de la Biblia nos mire y nos diga: «Has sido justificado»! ¡Justificado! ¡Justificado! ¡Justificado! ¡Justificados ante mis ojos! ¡Justificados ante mis ojos! ¡Justificados ante mis ojos! Son buenas noticias.

Dios Padre, te doy gracias por la Biblia. Espíritu Santo, gracias por inspirar la escritura de la Biblia. Dios, hoy quiero darte gracias porque amo mi trabajo. Es el mejor trabajo que hay. Tengo el honor de abrir la Biblia y hablar de Jesús. Señor, de veras, de veras, de veras me encanta este trabajo. Te doy gracias por las personas de Mars Hill porque quieren escuchar la Palabra de Dios, porque quieren conocer al Hijo de Dios, porque quieren ser llenos del Espíritu Santo. Dios, te confieso al leer esta historia que soy un hombre de justicia por obras. Aun cuando vero que estoy mejorando, me atribuyo ese logro y me enorgullezco y vuelvo al lugar donde había empezado. Dios, pido por mis amigos que son como yo, que veamos, Dios, que veamos que hay justicia en Cristo, no en nosotros. Cuando nos gloriemos, que sea en ti, Señor Jesús, no en nosotros mismos. Padre, pido también por mis amigos que están aquí que son como el recaudador de impuestos. Son culpables, están sucios, están avergonzados, condenados, y se les dificulta hasta pensar que los amas y que lo que hicieron tiene perdón. Puede que esta sea una exhortación difícil quizás para oír porque lo único que oyen es la condenación y la acusación de Satanás, su enemigo, que es un mentiroso. Espíritu Santo, pido que des ánimo a sus corazones y que les permitas saber que Jesús murió por ellos, que Jesús resucitó de los muertos, que Jesús quita todos sus pecados, y que Jesús con alegría, no sin alegría, sino con alegría les da su justicia. Padre, que todos experimentemos este Gran Intercambio y que salgamos de aquí con esa gloriosa palabra «justificados» resonando en nuestros oídos. En el nombre de Jesús. Amén.

[Fin del Audio]

Nota: Esta transcripción ha sido editada.